¿Self Love Club?
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Durante años, la industria de la moda ha perfeccionado una consigna seductora: ámate. La frase desfila con la misma soltura que una silueta impecable en pasarela; se imprime en campañas luminosas y se pronuncia con la seguridad de quien cree haber encontrado la fórmula de la emancipación contemporánea. Sin embargo, bajo esa superficie satinada, conviene preguntarse: ¿qué tipo de amor se está promoviendo?
El relato dominante propone un yo autosuficiente, blindado, que se basta a sí mismo. Un yo que se afirma comprando, que se reafirma eligiendo, que se consagra en el espejo. El amor propio, así entendido, se convierte en gesto estético: una performance individual donde el consumo opera como ritual de validación. No es casual. El mercado ha comprendido que el individualismo vende mejor que la interdependencia.
Pero si volvemos a Lacan, la escena cambia de iluminación. El sujeto —nos recuerda— se constituye en el campo del Otro. No hay identidad pura ni autónoma: nos descubrimos en la mirada ajena, en el lenguaje que nos precede, en el deseo que circula entre nosotros. Incluso el acto de mirarnos al espejo es, en el fondo, una experiencia mediada; reconocemos una imagen que solo cobra sentido porque existe un otro que la confirma.
Desde esta perspectiva, la versión hegemónica del self love resulta, cuando menos, incompleta. Amar no es clausurarse; es, como diría Lacan, dar lo que no se tiene. Es aceptar la propia falta y, desde allí, abrirse al cuidado del otro. Hay algo profundamente humano —y profundamente político— en esa apertura: el yo se fortalece no cuando se aísla, sino cuando participa en un entramado simbólico compartido.
La moda, en su afán por exaltar la singularidad, ha convertido la diferencia en categoría de mercado. Celebra la diversidad, sí, pero muchas veces lo hace desde la lógica de la segmentación, donde cada identidad encuentra su nicho, su etiqueta, su microtendencia. El discurso parece liberador; la estructura sigue siendo la misma: individuos orbitando en soledad alrededor de un deseo cuidadosamente diseñado.
Quizá la verdadera sofisticación no consista en afirmar “yo primero”, sino en comprender que el yo es siempre plural. Que el estilo, incluso el más personal, dialoga con una comunidad visible e invisible. Que el amor propio no se opone al amor por los demás, sino que se sostiene en él.
En un momento histórico que glorifica la autosuficiencia como virtud suprema, recordar que nos hallamos en el otro puede sonar subversivo. Y, sin embargo, tal vez sea la forma más elegante de resistencia: entender que cuidarnos implica también cuidar; que amarnos, en su sentido más profundo, es reconocer que nunca hemos estado —ni estaremos— solos en la construcción de quienes somos.